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sábado, 28 de junio de 2014

Propiedades a tener en cuenta

de Facundo Martínez

Alegría de darme cuenta, quizás algo de desilusión, de aburrimiento, de pena, pero no de tristeza.
 Leer lo que escribí antes de conocerte, cuando estaba en el aire, en caída libre, y sentir que es perfectamente aplicable a esto de volver a llevarme el piso puesto, un poco cortarme con el pasto y otro poco disfrutar de la tierra mojada.
 Tenes razón, no se trata de saltar y lamentar no tener(te) paracaídas.
 Esto es bastante parecido a tener fiebre, días de cama, quizás algún delirio, suspiros de no estar bien y suspiros de creer que tratar de repararnos es sano (¿ya mencione los delirios?).
Tiene algo de aburrido todo esto, sí, pero hay que aliviarse de que sea así. 
Fue algo único, un carácter irrepetible que cubría los rincones entre tu cuello y mi boca, inventarnos un idioma para que yo escuche "Te quiero" cuando vos solo pedías que programe el despertador media hora más tarde de lo acostumbrado. Estoy hablando de esa lluvia que servía de excusa para pasar otra noche juntos, de la película que tardamos una semana en terminar porque se llenaba de tiempos intermedios patrocinados por nuestros cuerpos, de mi bufanda en tu cuello y mi frio desapareciendo con la presencia de tus besos. Todo eso hizo que fuera único, el amor que mantuvo el equilibrio por un buen tiempo. No hay nada remotamente parecido a todo eso, ni pretendo encontrarlo.
 Ahora hay algo más, algo con pena, algo que no es triste pero aburre. Esto de no hablarte y que no me hables, de pensarte y que me pienses, de empezar un simulacro de no existencia mutua, de terminar nombrándonos todo el día. Esto ya lo hice con otras espaldas y vos con otros brazos. Sabemos en que termina, caminar sobre la cuerda otra vez, haciendo equilibrio, con otro paracaídas. Si, puede ser que en medio de eso vuelva a prestarte mi bufanda o decida regalártela, pero el final es el mismo.
Un desamor completamente repetitivo, al igual que todos. 

Nada que la fiebre no pueda igualar.  

Vos, Yo, Nosotros

de Facundo Martínez

Vos
sos el silencio necesario para escuchar todos los colchones que se hunden bajo dos cuerpos.
Un corazón dando vueltas en un frasco con formol, ahí, quieto y sin desintegrarse, algo para ver y fingir conocimiento de las cosas que no se entienden a simple vista.
La garantía de que a nadie le importa dormirse sin girar mi almohada 4 veces. Una, para distraerme, la segunda vuelta para asegurarme, en la tercera dudo de mi memoria y la última para que ella (mi memoria) se ofenda y demuestre todo lo que puede recordar, todo lo que vos, seguro, ya te olvidaste.
Un doctorado en nostalgia, saber que disparar indirectas no es nada fácil, hay que saber poner el propio cuerpo para desviar las palabras, siempre con el riesgo de que se atoren en nuestra garganta (siempre con la certeza de que se astille en los lagrimales).
Si fuimos todo,
una calle con dos carriles para el afecto que de a poco fue cerrando una de sus vías por una reparación que nunca se llevó a cabo.
Si nos volvimos invencibles agarrados de la mano mientras nos decapitamos a besos. 
Si saltamos del precipicio haciendo el amor en el vacío, si nos enredamos en las cuerdas de nuestros paracaídas.
Si escribí todos los poemas posibles en tu espalda
¿Cómo no darnos cuenta de que un libro solo puede quemarse por completo una vez?
Nosotros,
nosotros ya no somos,
Vos,
      Yo,
Poesía
no somos.

Nosotros, yo. Parte 3.


Una casa a lo lejos, cerca, cerca y adentro de mis fronteras. 
Pero no era una casa propia, si por herencia, no por recuerdos.
Es conociendo un lugar que conocemos, o se cree conocer,
que uno desconoce si las puertas que abrimos antes todavía nos llevan al mismo lugar. 
La casa tenía escaleras,
                                   demasiadas para contarlas,
                                                                            demasiadas para volver a encontrarlas.
(Y hay quien avanza un escalón más de lo debido)
¿Que hacer de una casa semi vacía?
Llena de cosas invisibles, sin materia, y una excepción a la regla.
¿Que hacer si uno se pierde en sí mismo?
Yo me llamo a gritos,
                                                 y hay dos que me responden.
Hay dos que me buscan a gritos,
                                                 y soy yo el que no responde.
 
¿Tengo que correr?
¿Tengo que esconderme?
Podría encontrarlos primero, tomarlos por sorpresa.
Pero es claro que ellos piensan lo mismo,
tomarme por sorpresa, a mí y al otro que falte.
Es una cuestión de tiempo, contrarreloj y contracorriente.
Dos de Tres sorprendidos,
Uno de tres eligiendo por el resto.
 
 (...) 
 
Fue en una habitación, sin puertas, con dos escaleras como entrada.
Ahí quise esconderme, ahí quise encontrarlos.
Un placard, o no tanto,
un ataúd, bastante ataúd.
Abrí la tapa cuando ellos aparecieron en la habitación
                                 (y nos quedamos callados).
Estaba ella,
la piel besando los huesos,
el cabello como enredaderas en sus ojos,
y los labios agrietándose en relámpagos. 
Que horrible escuchar su voz,
que paralizante su dejo de hablar.
"Estos muertos son míos"
y los tres dejamos de nombrarnos por un momento.









*Ritmo, ruido, compás. - Facundo Martínez.

de Facundo Martínez.

 Viene de nuevo,
1, 2
3, 4.
Infinito 3, 4.
Viene pero nunca se va,
nos recibe, nos tortura, nos despide.
Pero nunca se va.
Miramos la pared tratando de poner la mente en blanco.
Y podemos escucharlo.
Empañamos el vidrio, secamos los platos, cerramos la puerta.
Y podemos escucharlo.
Decimos "mi sentido pésame", besamos una frente fría, esperamos en una silla.
Y podemos escucharlo.
Cada vez el mundo trata de hacerlo desaparecer,
un día más, y es una muñeca menos que lo tiene.
Pero está (siempre está).
Antes de ser, preguntaban por mí y por él.
Siendo, preguntan por mí y por él. 
Cuando deje de ser, van a preguntar por mí, y él va a seguir creciendo.
Nunca se hace pequeño, siempre se desarrolla, siempre acumula.
Siempre nos da miedo.
Siempre suena fuerte cuando queremos silencio.
1, 2
3, 4.
Infinito 3, 4.
(Y puedo escucharlo mientras escribo esto sobre el)
Tic, Tac
Tic, Tac.

Infinito Tic, Tac. 

El costo de ciertas palabras.

de Facundo Martinez

Puede que sea la duda de no saber si quiero aferrarme a un solo cuerpo,
como puede que sean mis palabras
exigiendo problemas y delirio.
El caso es que,
tratando de resolver la incógnita de despertarme en un abrazo detrás de la misma espalda siempre,
supe que no volvería a tomar café ni sentir la emoción de la primera vez,
que no iba a ganar la guerra en otro cuerpo,
que tengo que aprender a vivir con la incertidumbre
de no saber si estaría mejor fumando las mentiras de otros labios.

Así,
uno ejecuta el derecho de admisión en la lujuria,
y ya nada tiene sentido.
No sé,
las palabras siguen exigiendo problemas y delirios,
dolor para escribirse.


Y así muere un poeta.

Autopsia de veintitantos

de Facundo Martinez

Para empezar a explicarme:
Bien puedo decir que soy la clase de persona que nunca despierta en un hotel,
no conozco los límites del olvido, y difícilmente escribo Nostalgia sin amor como acento.
Me duele el mundo y sano mis heridas tratando de salvar mi cuerpo en cada poema.
Cambie mis ojos por un par de talle adulto, y mi ventana nunca más dio paisaje de París. 
Al chico que asesine entre patios y jugueterías,
posiblemente lo encuentre en la tapa de mi primer libro
y no tendría miedo de indicarle "mirame, así estas mejor".

Me fui olvidando de despertarme por pesadillas,
uno entiende que el miedo existe, pero no vive abajo de nuestra cama.
Me fui olvidando de quien era, tampoco reconozco quien soy,
entonces trato de explicarme:
"Sos la clase de persona que nunca despierta en un hotel,
pocas veces llegas tarde a un lado, y casi nunca sabes retirarte a tiempo".
Podría comenzar de otra manera,
pero difícilmente podría mirarme y decir 

"Así estoy mejor".  

Iris colectivo

de Facundo Martinez

Se supone que tenemos dos maneras de vivir, ver todo como una superposición de colores que se ausenta a la vez, o mirar las cosas con un color particular cada una de ellas.
 A mi, por lo general, estos puntos de vista me resultan aburridos, ver todo en blanco y negro me cansa y termino por ser un gris constante que solo se despierta para contar el tiempo que falta para acostarme de nuevo. Pero ver las cosas policromaticamente alcanza para agobiarme del mundo, pierdo la nitidez del paisaje y de repente todo es un lavarropas donde todo se tiñe de todo, y difícilmente algo se define como si nada.
 Para ser honesto, me harta bastante saber que nos acostumbramos a creer que solo existe esta visión binaria, donde Blanco y Negro valen Cero, o todos los colores deben ser Uno. Por si no se dieron cuenta, podemos unificar todo eso. Por si no se dieron cuenta, si dibujas un Uno y lo guardas dentro de un Cero, vas a obtener un ojo, y ese es el modo correcto de ver las cosas. 
A veces alcanza con cerrar los parpados durante un instante para darse cuenta que no sirve de nada parpadear tanto si no entendés que después de tanto tiempo las pestañas de abajo siguen enamorando a las pestañas de arriba, que juntarlas genera un carnaval de estrellas en nuestra cabeza.

A veces solo depende de uno mismo que las cosas cambien, consiste en dejar que el frío empañe un poco nuestra ventana para poder dibujar un sol en ella, requiere de mirar al mundo en diferentes tonos de grises y empezar a otorgar a cada cosa un color, nunca al revés. 

Sincericidio del trabajo a casa.

de Facundo Martinez

Se trata de convertir el cuerpo en un instrumento de percusión,
Así me aseguro de estar listo.
Billetera de un lado, llaves del otro, y el morral cruzando mi pecho.
Un dolor de cuello que solo me recuerda que Benedetti es más pesado desde que ya no te veo.
Pase por la esquina donde solías mirar vidrieras y volví a pensar en vos. 
Me acordé que ese tipo de cosas uno las evade hasta estar preparado para burlarlas.
Levanté la vista del suelo y me dije esa frase que siempre quise escribir pero nunca encontré la manera
"pierdo una vida por cada mirada fija que no sostengo con una extraña"
así que sonreí a todas las mujeres que fui cruzando, pero claro, solo me convertí en el asesino serial de mi rostro.
Es que el precio de tener esta cara es el otoño que acaba y yo sin interesar a nadie.
Se me ocurre todo esto mientras trato de ser honesto,
no sé, creo que el frío vino rápido este año y que le miento a la vida en cada noche que trato de enamorarme.
Que el desamor es eso que da ojeras y quiebra mis dedos cuando intento quitar nuestras entradas al cine de mi billetera.
Y supongo que algún día voy a estar preparado para contrarrestar todo eso.
Se trata de convertir el cuerpo en un instrumento de percusión,
así me aseguro de estar listo.
Hoy, por ejemplo, deje la tarjeta para el micro en casa.
Sonrío de nuevo,
 supongo que voy a volver caminando y voy a bordear tu cuadra,
son los últimos días antes del invierno,

y todavía no estoy del todo listo para perder esta vida que estuvo con tu cuerpo. 

(Sin titulo)

de Facundo Martinez

Me asome por la ventana y los vi, 
caminaban como si no fuera algo difícil y cualquiera pudiera hacerlo.
Por mi parte, en ese momento yo no quería, 
era una linda postal, esa vereda con el ruido de sus pasos.
Por un momento imagine ese perfume sobre el lugar donde vivo,
la alegría de volver de noche y no encontrar vació entre los muebles.
Seguían alejándose, escapando de lo permisivo de esta ventana,
solo por eso di media sonrisa, y el resto de mi rostro se quedó quieto.
Quieto porque está con alguien.
Quieto porque estoy solo.
Quieto porque el contrato no me permite tener un perro en casa.