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martes, 9 de septiembre de 2014

Las Maravillas

                                        de Roxana D'Auro

A Néstor, que comparte desinteresadamente sus recuerdos conmigo,
a sabiendas de que haré uso a mi antojo de sus memorias .

-¡Mirá lo que son esas hembras!
- Son tipos boludo, son tipos.

Yo tendría  ocho, nueve años  y desde que terminaban las clases  y rompía mis cuadernos  para tirarlos como papelitos en la cancha, lo más emocionante del verano era el carnaval.
Vivíamos  en el bajo  y teníamos nuestro propio corso.
Unos roñosos banderines de hule y unos cables con lamparitas de colores.
Seguramente una o dos cuadras  afectadas al desfile,  que para mi mirada infantil era  una interminable caravana de estrellas.
Todos esperábamos el cierre  con la entrada triunfal de la carroza de “Las Maravillas”.
Cuando digo todos no hablo solamente de los pibes que andaban siempre conmigo, hablo de mis viejos, de los abuelos, del barrio entero,  que sacaba sillas y reposeras a la vereda, para no perderse detalle.
La carroza de “Las Maravillas”  era una  base escalonada  arrastrada por un rastrojero. Arriba, llevaba a su reina  y a ambos lados a dos princesas, mientras que detrás cerraba  un cuerpo de bailarinas.
Escribo esto y  pienso que más de uno  debe haber  abandonado  ya la lectura de algo que no parece  particular ni especial, algo que era  moneda corriente en los barrios,  en los pueblos, allá en los sesenta,  hasta los albores de los setenta.
Pero la comparsa “Las Maravillas”  sí que era  singular.
Las Maravillas era un  cabaret.
El cabaret del bajo, que tenía su comparsa, la mejor comparsa del carnaval.
Al Gordo, que era el dueño, se le había ocurrido la idea. ¡Qué mejor  propaganda que las chicas en bolas por la calle,  a la vista de todos los vecinos, sin pagar publicidad y  sin censura, que en el carnaval está todo permitido!


 Martita era su Reina.
Martita era la que estaba “más buena”, como decían los pibes, los otros,  los de  catorce, que ya estaban meta paja.
Y un poco  entendían, por algo la habían puesto de reina.
La melena morocha suelta, la piel dorada, morena, bronceada, sin marcas de malla, ¿tomaría sol en pelotas? o ¿habría mujeres que tendrían  el cuerpo así, de madera lustrada?
Tenía los ojos negros y los usaba. Te miraba de frente, de lleno, no te bajaba la mirada.  Y una boca carnosa, siempre humedecida, con una sonrisa maliciosa. Creo que viendo esa boca tuve mi primera erección. 
Lo demás era tan escandaloso que no nos alcanzaban los ojos, así que íbamos corriendo como perritos al lado de la carroza,  a lo largo de todo el desfile, como los cuzcos corrían el carro del huevero  a la hora de la siesta.
Para mirarla. Para mirarla bien de atrás, de adelante, de abajo, era toda para mirar.
Los hombros torneados, los pechos enormes, con los pezones cubiertos  con unas pezoneras con  flecos que le bailaban al ritmo  que bailaban sus carnes  y ahí abajo,  una tanguita, ¡qué tanguita! ¡un hilito nomás!, en la época en que las polleras recién empezaban a  subirse por encima de la rodilla, en la época en la que la mayoría de mis amigos   hacían natación en el club sólo para poder ver a las chicas en enteriza. 
Toda subida esa carne arriba de unos zapatos plateados con plataforma y tacón que la hacían lucir como una escultura   en un pedestal.
A los costados, las princesas: dos travestis.
Reflexiono hoy a las distancia  en el lío que tendría en  mi mente infantil.
Apenas hacía unos meses había descubierto quienes eran los Reyes Magos y ahora descubría que aquellas hembras, imponentes, voluptuosas, eran tipos.




 ¡Tenían pito!,  pero lucían como mujeres y a pesar de esa dualidad, ¡trabajaban  en el cabaret!  Esto último, muy  inasible aún para mi comprensión infantil, era lo que más me perturbaba.
Escuchaba cosas  que los otros decían: “se la dejan meter por el culo”, “o te la meten  a vos”.
Yo, sonreía nerviosamente. Había logrado con esa sonrisa  una neutralidad que me protegía, era aprobar y a la par disentir,  porque   había algo incierto  en esos relatos, siempre los grandes dispuestos a gastar a los más chicos, pero a la vez  la contundencia  de los dos  personajes en la caravana  me hacia dudar ¿Quiénes se la meterían? ¿Quiénes se la dejarían meter?  Miraba  a mí alrededor, a  mis vecinos, mis amigos, los comerciantes del barrio. Tenía fugaces destellos,  instantáneas en mi mente que descartaba de inmediato porque  ¡cómo iba a ser posible que el papá de la Vivi! , o  el tano de enfrente o mi papá o el cura, no, seguramente  me cachaban porque era el más chico.
Además todo el mundo se divertía tan sanamente.
Los travestis  lucían como madrinas  de casamiento,  con vestidos largos, todos bordados  y pestañas postizas  y pelucas y pechos (¿cómo era que tenían pechos?),  bailaban y arengaban a la gente  que se amontonaba  en el cordón de la vereda. Todos los  aplaudían y gritaban  y los vitoreaban . Las “traviesas”, entonces, se animaban más y si veían a  un pelado, se acercaban y  con una franela le lustraban la pelada. Las esposas y las familias enteras reían  y festejaban, por eso, por eso mismo pensaba que me cachaban  por ser el  más chico, el gil de la barra.
Atrás venía el cuerpo de bailarinas, más deslucidas, algunas viejas ya,  malpintadas para disimular las arrugas y la huella que deja la noche en los rostros, otras jóvenes pero sin gracia, enclenques, daba la sensación de que habían abierto el gallinero y todas se habían escapado. Cansadas, pienso ahora,  del trabajo que crecía en  el carnaval, tal vez desfilaban sin dormir, por eso su pasos  inciertos, el tocado de plumas mal arreglado.


  
En cambio Martita, no estaba actuando de reina, era la reina.
Desde arriba dominaba la escena.
Antes de arrancar se agarraba con fuerza de unos palos que tenía a los costados para sostenerse, las uñas postizas rojo sangre, se le clavaban en sus propias palmas  y oteaba a lo lejos, buscando entre la gente.
Después, desafiante, saludaba y tiraba besos a los grupos familiares.
Todos los pendejos la mojaban, con espuma los que tenían una moneda para comprar un  frasco de nieve, con agua de los bomberos locos los otros.
El Gordo iba al lado espantándolos como moscas, rajándoles una puteada de vez en cuando a los más insistentes y saludando.
Me llamaba la atención cómo saludaba, con una leve inclinación de la cabeza y una caída de los ojos, un gesto delicadísimo en semejante bestia, siempre desgreñado, con la camisa manchada  y el pantalón arrugado.
Fue ese gesto, ese gesto que repetía sutilmente  con algunos hombres el que llamó  mi atención.
A pesar de mis cortos años entendí la complicidad masculina  que coincidía con la venganza descarada de  la reina  que desde arriba miraba  a los que siempre miraría desde abajo.
Comprendí que era muy difícil  que desde otros barrios vinieran hombres  a “Las Maravillas”, de tan bajo que estábamos, de tan pobres y perdidos.
Observé cómo los señores más respetables  bajaban disimuladamente la mirada, o en ese preciso momento se prendían un cigarrillo.
La seguí, descubriendo  a cada paso, durante toda una cuadra.
Al pasar la esquina, en la vereda de enfrente,  vi a mi madre, del brazo de mi padre  que sostenía en sus hombros a mi hermanita menor.




 Martita se acercaba a ellos  con sus ojos delatores y yo, yo salí corriendo  para el otro lado, donde las calles estaban desiertas, en silencio, con algún borracho apostado en un rincón.
Me perdí la quema del Momo ese año.
De todas maneras…algo ya se había quemado en mi interior.




                                                                                                         Emilio Sapukai

Papá

de Roxana D'auro

“La presencia del hombre se expresa en el arreglo de una mesa, en unos discos apilados, en un libro, en un juguete.
El contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, deja huellas a su paso que nos
 inclinan a reconocerlo y a encontrarlo”
Ernesto Sábato
Cuando papá murió yo pensaba que ya estaba muerto.
Así que lo lloré dos veces. Por muerto la primera, por vivir y decidir morirse la segunda.

Después de recibir aquel llamado volví  a meterme en la cama. Muy mal gusto, si, de muy mal gusto  llamar tan temprano un domingo a la mañana para algo semejante. Di mil vueltas hasta que al final me levanté, me habían sembrado la duda. Googleé : Comisaría 19, Capital Federal  , copié el número  y  llamé. Sólo quería constatar  que yo estaba en lo cierto, que era una broma, o un llamado de éstos que dicen  que  te hacen el cuento del tío. Pero me atendió el mismo que había hablado conmigo hacía una hora nomás. Le pude reconocer la voz. ¡Cómo  ese  sonido inédito en mi haber de voces, tonos  y  musicalidades se había  transformado de pronto en  el eco crucial  de todos los acontecimientos que vendrían!
El llamado era verdadero. El llamado era para mí. Y sí , coincidía el apellido, con lo raro que es nuestro apellido, el segundo nombre que él usaba como primero  y su fecha de nacimiento , 6 de enero.
Sí, era El. Era Papá.
Había caído  fulminado por un ataque al corazón , en un bar , viendo  un partido de fútbol por televisión, tomándose una ginebrita tal vez, no lo sé,  ni siquiera puedo decir qué bebidas le gustaban o cuál era su favorita. Tenía en los bolsillos del pantalón un monedero de cuero con $1,85 centavos  y en el otro,  un manojo de llaves y su carnet de Estudiantes. El bar quedaba a un par de cuadras de donde vivía, por eso los vecinos lo reconocieron y pudieron  darle a la policía la dirección exacta.
-¿Y a mi?, ¿Cómo me ubicaron?
-Internet, señora, Internet. Todo está en Internet.

Lo más esclarecedor y terrible sucedería  luego, al entrar a su departamento, en el que no había en absoluto un vestigio  siquiera  mínimo de mi existencia en su vida, ni una carta o foto  o mi nombre escrito en una servilleta de un bar. Nada. Internet sabía más de mí que mi propio padre.
Hacía tiempo  que  había asumido  la muerte desconocida del padre ausente. Llegar a esa conclusión fue  el resultado de una búsqueda por años frustrante, pero al final era mejor tener un padre muerto que no tenerlo. Fue una buena fuente de la  Municipalidad de Benito Juárez, el lugar done él había nacido  y donde parecía que había muerto,   la  que me dio la información. Y ya no hubo a quien preguntar, ¿qué sentido tiene la duda si no existe la posibilidad de algo que la disipe? Todas las preguntas quedaron atropelladas ahí, furiosas,  como los pura sangre cuando están  preparándose para la largada.  Pero no hubo carrera, ni encuentro o reencuentro  y como bocados ásperos  me las fui tragando  una a una. Después  de aquel llamado dominguero, en el cual descubrí que el muerto estaba vivo pero terminó muriéndose , desconfié para siempre de los empleados municipales y  quedé  en semejante estado de shock que no era conveniente que manejara yo sola hasta Buenos Aires,  menos aún , en el destartalado vehículo que tenía por aquel entonces. En una hora estaba subida a  la camioneta de unos amigos  rumbo al encuentro con papá. Hay cuestiones que en los relatos deben quedar de lado. ¿Qué interesan las inclinaciones sexuales  de mis acompañantes? ¿O la música  que escuchaban durante el viaje?
Pero el combo de la pareja gay tarareando   la banda musical de las películas de Almodóvar para levantarme el ánimo  por tener que ir a  reconocer  el cuerpo  de mi padre al que no veía hacía  treinta años , considero  que puede ser  un condimento  interesante y por eso he dejado que se cuele en la historia . Cuando llegamos a la comisaría, quedaron fuera, para evitar el riesgo  de que los dejen adentro, tal su facha. Y como señoritos esperaron relojeando mis movimientos y los movimientos  de caderas de algunos morochos policías.
-¿Lo reconoce?, dijo el comisario  extendiendo el documento y el carnet donde aquel hombrazo de mis  fantasiosos recuerdos infantiles, alto y mastodonte, se había derretido  y transformado en un  viejito  con la expresión del rostro desdibujada por la flaccidez.
-Hace treinta años que no lo veo, fue la  coherente justificación que encontré  para mi cara de “no tengo ni la menor idea de quien es  este tipo”.
Pero el oficial, con profesionalismo, leyó nombre y apellido completo, además de fecha de nacimiento y si, tenía que ser El.
-¿Y ahora que se hace?, indagué.
- Tiene que ir hasta la Morgue Judicial a reconocer el cuerpo.
Yo, que soy una tipa elocuente, repetí:
-Hace treinta años que no lo veo….
-Al morir en la vía pública, son procedimientos que hay que cumplir.
-Un bar no es la vía pública
-Bueno,  pero es un espacio público
-Señor Comisario no creo que sea el momento para discutir conceptos entre lo público y lo privado…. ¿considera esto absolutamente necesario?
Me intriga esta profesión: policías, milicos. Atenerse a los procedimientos por más descabellados que sean. La vida no entiende de procedimientos .La vida se filtra, genera grietas, fisuras y ahí donde nada está ni puede estar escrito o establecido,  es ahí donde esta gente hace agua, se aferra a sus formularios como a una tabla en un gran océano y zozobran  en  el sinsentido absoluto.
Me trajeron de vuelta de mis devaneos mis amigos,  las mariquitas, chistándome através de la puerta y preguntándome: -¿Qué pasa?  El comisario se había ido, estaba hablando desde la otra habitación: -Si, Señor Juez, si,  vino desde el interior y…hace treinta  años que no lo veía, bueno, bueno,  de acuerdo, le digo. Voy a abreviar este asunto. En definitiva, zafé de aquel  último encuentro cara a cara con el muerto  que, coherente  a su manera de vivir, no tuvo mejor idea que morirse  en la calle, o en el bar, y nada menos que cuando se cumplía el bicentenario de nuestra patria, una seguidilla de feriados  que obligó a que duerma bajo cero en la morgue  porteña   una semana mientras yo me hacía cargo de….
-Acá tiene las llaves.
-¿De que?
-De la casa de su padre Señora, con lo que odio que me digan Señora.

Afuera las mariquitas ya habían comprado facturas y llamado a otra amiga  que  concurrió al socorro con una prontitud sorprendente y con  su hijo, su hijo de once años.
Con el hijo, las facturas, con las mariquitas,  formábamos todos un grupo heterogéneo que  podría haber ido  tanto a la  marcha del orgullo gay o simplemente  a donde el viento nos llevara, así de frágiles, como hojas.

El departamento era alquilado, había que vaciarlo  o tomar decisiones sobre las pertenencias de papá   antes de entregar las llaves al propietario.
Por primera vez en treinta años  entraría en el mundo más íntimo y secreto de mi padre. De alguna manera se develarían los misterios,  o tal vez tendría las respuestas a  aquellas preguntas.
Entrar a la casa donde hacía algunas horas había respirado, dormido, era como tener  el negativo e imaginar la foto. Cómo se desplazaría cansinamente en  la modesta habitación , cómo tantearía en la  cocina  sin luz, una taza o un vaso , uno aunque sea que quedara limpio, cómo amontonaría todos los papeles y cajas y la mugre en un rincón de la mesa para sentarse a tomar un té , sentarse en el borde  de la cama  que se apretujaba junto a la mesa , una cama  donde todavía las sábanas guardaban  los pliegues  provocados por el movimiento de su cuerpo .

Cuando estudiaba en Bellas Artes, durante  el primer año de mi carrera,  en la materia Dibujo el profesor Oliva, un hombre alto  y pelado,  que se escurría lento entre nuestros caballetes ,hizo algo que fue toda una revelación para mí en aquellos tiempos.
Sobre el taburete de siempre acomodó los cachados  objetos de yeso con los que   armábamos  las naturalezas muertas: unas frutas, una botella, un jarrón, un trapo colgando. 
Y dijo: “No dibujen  ningún objeto. Concéntrense en el espacio que hay  entre ellos, dibujen el vacío, la nada que los separa  y verán como  se manifiestan”.
Así, aplastante, se manifestaba papá,   con su cajón de servilletas  robadas a los restaurantes,cada una bordada con un nombre distinto, un recorrido por bodegones  y viejos  clubes de Buenos Aires, un verdadero mapa gastronómico  ; así , insolente, se mostraba en las cajitas con tarjetas personales donde  bajo su nombre  figuraban infinidad de oficios  que , obviamente , nunca fue:  asesor de seguros,  asesor de suelos , técnico en cultivos de soja , agrimensor ,  agente inmobiliario, viajante.
Tuve un recuerdo fugaz  de  mis siete u ocho años, llenando  una planilla que me habían dado en la escuela: datos personales de los señores padres y/o tutores. ¿Nombre y apellido? ¿Nacionalidad? ¿Profesión?
-Viajante,dijo mamá
-¿Y que hace un viajante?
-Viaja
Claro, viaja, se fuga, no está porque  esta yéndose todo el tiempo .Papá estaba yéndose de él mismo. Papá se fue  más que nunca, se mandó la gran fuga  y, sin embargo,  su vacío  se corporizaba en cada  rincón del asfixiante departamento.
Me vi a mí misma, paralizada en el medio de la habitación, con la cuadrilla alrededor  trabajando a todo motor. El hijo de once años a cargo de la tecnología, los chicos son los que más entienden  de aparatos. Mi amiga, despanzurrando carpetas y cajones en búsqueda de alguna documentación importante.
Las maricas probándose ropa  y pidiéndome  con cara de perro  vagabundo permiso para llevarse los sombreros. Emprendimos el regreso, como a las dos horas,  con la camioneta  cargada de trastos viejos. Mis amigos  estaban contentos, satisfechos, como si hubieran ido de shopping al Ejército de Salvación. Yo sólo traía  una foto  y un deseo irrefrenable de bañarme , de frotarme el cuerpo , de sacarme toda la ropa  y lavarla , quemarla de ser posible , y que nada , nada de mí, se impregnara  con ese olor . Una foto y un olor,  fue lo único que pude traer. No había una mesita de luz con un libro  marcado que me invitara a  pasar mis ojos por las líneas donde sus ojos se posaron , ni un CD en el equipo de música  que  haga resonar en mis oídos  la última canción que tal vez tarareó , nada de todo lo que puede hacer distintivo a un ser , nada de eso estaba presente, y en esa  abrumadora ausencia de signos  se revelaba mi padre como un gigante vacío , una cáscara que estaría  durmiendo ya   en la morgue de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Pensé en terminar la historia acá y hasta dejar la frase de la morgue como remate final, pero sería muy egoísta de mi parte  guardarme  los acontecimientos que sucedieron después.

El edificio donde vivía papá era  pequeño, de cuatro  pisos, de dos departamentos por piso, sin portería, cuidado por los propietarios o inquilinos, así que tras la ardua tarea  de desplume de todas las carpetas , cajas y cajones , mi amiga  asumiendo  su rol de detective, encontró  unas expensas , impagas , por supuesto,  donde  estaba el nombre del  administrador.
Pasado el larguísimo feriado de festejos patrios ella  lo contactaría para ubicar al  propietario del departamento  y  hacer  la entrega de las llaves del mismo. Fue un favor que agradecí, dada la distancia  y el estado en el que yo  me encontraba .Pero como bien dije antes, la vida no conoce de procedimientos, de secuencias lineales, nunca son las cosas como deberían ser.
Recibí el llamado de  mi amiga casi una semana después.
-El departamento  no estaba alquilado por tu padre. El que lo alquila es un tal Walter Pérez que es viajante  y precisamente  ahora está fuera de la ciudad.
En ese momento no supe qué sería peor,  si tener que desestimar la frágil construcción de la identidad de mi padre que había hecho con retazos, o pedirle a las mariquitas que devuelvan todo porque   por error nos habíamos metido en  el departamento de otro. Pero yo tenía la foto, la foto de papá, y todavía el olor, ese olor  dentro  de mi cabeza. No tardamos mucho  en descubrir  que el bulo de Walter  Pérez era el refugio de mi viejo, a cambio de algunos mandados que le hacía durante su ausencia. Walter Pérez nunca reclamó nada de lo que había allí, ni tampoco preguntó por mi padre.
El niño de once años  conservó el teléfono celular  a la espera de un llamado  que nunca hubo.
Ni siquiera aquel amigo. Aquel que escribiera la dedicatoria en la foto, la única foto que tengo de mi padre, el único testimonio de que tal vez alguien,   alguna vez,  sí lo pudo conocer.
La dedicatoria dice:
“Al amigo busca, embrollón y dudoso” El Negro Mamarracho Casas.


                                                                                                             A papá con cariño. Roxana 

miércoles, 30 de julio de 2014

La Turca

de Roxana D’Auro

La Turca es puta desde que tiene memoria. Conoce el oficio, los sinsabores, las trampas, los  cafiolos, los códigos, la calle y la cana. No es turca, si es de Berazategui, del Barrio Pepsi, pero se ganó el apodo por su pelo azabache y sus ojos profundos, negros, de devorarse todas las noches. Se diferencia  del resto: platinadas, rubias mal teñidas de pelambre amarilla como la paja. .Y por el tamaño también. Está en el medio, entre las putas y los travestis. La Turca es contundente. Pantorrillas de enfermera  de tanto andar las veredas y los brazos con polenta. Cuentan que  una vez la vieron trompear a un gil .Un pendejo que la bardeó para hacerse el canchero con los pibes de la barra.  La Turca se le fue al humo  y le clavó un derechazo  que lo dejó hecho un osito panda por una semana.
-A los pibes hay que enseñarles códigos, se justificaba después, fumándose un cigarro  atrás del otro. Nunca tenía encendedor,  con la brasa del que estaba muriendo, encendía el siguiente.
-Una cosa es que sea puta  y otra que me maltraten.
-Este es un trabajo como cualquier otro.
-Es más, soy  una necesida’ de la socieda’.
-Si yo no existiera ya le hubieran roto el culo al chetito ese,  con  todos los degenerados que andan calientes por la calle hoy  día.
Era una tipa de ley. Laburanta como ninguna y  buena compañera., hasta de los trabas,que siempre están  en trifulcas. Ella los comprendía. Una vez, cuando se agarró una peste y no pudo trabajar por meses que todo ahí abajo le ardía y le supuraba, se ganó la vida aguantando a un par en su casucha. Repartían los gastos y la Turca terminó  siendo  madre, consejera  y enfermera.  Fue cuando “Lola” apareció con eso  inyectado en las nalgas, qué necesidad, qué  porquería, si se la van a meter igual, si cuando están calientes nada les importa. Pero no , la “Lola” quería tener un culo espacial  y se fue a inyectar aceite de avión, silicona de auto o no se sabe qué mierda, fue   a lo de un hijo de puta  que  los estafaba por ahí, por la Calchaquí. La cuestión es que no le avisaron que tenía que dormir con el traste  para arriba para que eso no se le aplaste y cuando fue al baño y se sentó a cagar  , le quedó la marca de la tabla  , pobrecita, pobrecito , parecía un culo de plastilina lo que tenía   y lo que lloraba y después le agarró la fiebre , altísima,   que casi se le muere ahí en la casucha a la Turca y no lo podía llevar al hospital ni a la salita porque había andado metido en un tema pesado de merca , siempre en quilombos esos putos . La Turca no era muy merquera, se cuidaba bastante de eso, unas líneas nomás, capaz una vez a la semana  o los fines de semana de mucho laburo,  para rendir, para aguantar, para no sentir. Había visto cada pibitas hechas mierda por meterse tanta cosa, reventadas de pincharse. Ella no curtía eso. Tampoco le iba el maltrato,   ni la explotación. Entendía bien las reglas del juego, las reglas de la calle, de la yuta, sabía que necesitaba un cafiolo que la proteja , pero nada más que eso, que se llevara su parte, pero no todo, y que no fuera el mismo que le vendiera merca, fundamental. Por eso con “el Perro” se entendía bien , hacía años que laburaba para él , seco, parco , cara de orto , decían por ahí que tenía una familia en Chaco  , que una paraguaya había sido su gran amor , que lo enloqueció y lo peló para rajarse con otro, cosas que se dicen , en la calle todo el tiempo se dicen cosas , crecen historias , se multiplican los  mitos , es la diversión , el entretenimiento , el condimento de la espera . El Chirito,  un puto que se deja coger en los bosques por monedas, de gusto nomás,  es un especialista en historias, la Turca sabe que la mitad de lo que dice es mentira y la otra es inventado,  pero más de una vez  se sentaron una noche de lluvia torrencial en  el refugio de cemento, la parada del bondi y se pasaron las  horas  compartiendo una petaquita de whisky y cagándose de risa de  sus historias.
-Tendrías que haber sido escritor vos, Chirito,  te hubieras llenado de guita.
La Turca también tenía su hombre. Raúl. Era un morocho  grandote, buenazo, que la trataba bien, le daba los gustos y no la cuestionaba.  Raúl  tenía su familia, pero a la Turca no le importaba, ella nunca había querido tener pibes, ni mantener una casa, le gustaba la noche, se manejaba como pez en el agua  en la calle, no hubiera sabido qué hacer  encerrada entre cuatro paredes. Ella sabía que no lo tenía que joder, nunca llamarlo, ni que se esté muriendo,  y él siempre le cumplía. La levantaba de la calle, como un cliente más  y se la cogía toda la noche, como un cliente más, pero la Turca  se dejaba besar en la boca y acariciar  y todas esas cosas que por código propio no tenía permitido con los que garpaban. Es que con el Raúl había amor. A la mañana mateaban juntos, él siempre le traía las palmeritas que a ella tanto le gustaban de una panadería pituca de Florencio Varela y escuchaban música y miraban la tele, a veces una película,  almorzaban un asado apurado  en una parrilla improvisada que él armaba en el patio  y si llovía,ella se amasaba unos ñoquis caseros, de papa, con un tuquito para rechuparse los dedos. En ese momento, eran como cualquier pareja. Ella era feliz y gozaba, cómo gozaba en la cama con ese hombre. Siempre se acordaba de una gorda vieja  que la había ayudado a arrancar,   hace como mil años, que le enseñaba cómo cuidarse, cómo cobrar, cómo salir rajando si algo se ponía feo  y le decía:
- Con los clientes nena, nunca pero nunca, ¿me entendés? Ni besos, ni caricias ni orgasmos. Pagan por estar un ratito metidos ahí abajo, hay que bajarles la leche  nomás, no hacerlos sentir bien.
Y ella aprendió y cumplió  y claro que le sirvió esa lección:“los tres principios inviolables de una puta” , lo único inviolable de una puta,  se lo contaba siempre así , cagándose de risa  a  las nuevas , a las pichoncitas que enseguida se entusiasmaban con mentiras , con huevadas que les hacían perder la cabeza que es peor que  el cuerpo .Pero un día sucedió la desgracia . Fue un fin de semana, uno más, nada especial, seis, siete clientes. El último, un pendejo, bastante limpio, hasta se diría correcto, educado. Pagó bien, sin chistar, sin regatear  y tampoco pidió nada raro, no era un enfermito  de esos  que quieren asquerosidades, quería garchar nomás ,como buen cristiano. Y todavía hoy,  tanto tiempo, todavía hoy,  a la Turca cuando se acuerda, se le enturbia la mirada, no sabe cómo fue que pasó. Hasta lo convenció  de ir al telito ese, a la vuelta del diagonal,   donde por cada cliente que llevaba le daban una comisión, todo parecía como de costumbre, ¡qué se iba a imaginar! ,  si arrancaron como siempre , sin mucha vuelta , derecho al grano , ¿y el flaquito? ¡qué iba a sospechar ella! , si  era uno del montón , tampoco la tenía demasiado grande , no sabe, no se explica la Turca  en qué momento su cuerpo la abandonó, la traicionó  y empezó a sentir por debajo del ombligo un calor que la quemaba  y un sudor frío  le corría por la espalda y las nalgas y le empapó la parte de atrás de las rodillas  y todo adentro eran hormigas  y los piecitos  le empezaron a temblar , se le enroscaron los dedos de los pies  y sin quererlo , sólo abrió la boca para respirar y exhaló un gemido largo, profundo , animal . Acabó  con todo el cuerpo  estremecido  y el jadeo de una hembra en celo  aleteando en la garganta.
El joven sonrió y ella lo odió.
El se bajó de encima,  de su cuerpo crepitante, se puso los pantalones, se vistió  y le dio las buenas noches, abrió la puerta de la habitación y se fue.
Ella se sentó en el borde de la cama, también se vistió, lentamente. Abrió su bolso, encendió su celular. Eliminó los dos mensajes de Raúl, eliminó a Raúl, tomó un camino  diferente  hacia su casa, bien alejado de su parada.

Dos travestis  se la cruzaron  a mitad de camino  y la increparon  , dispuestos a cagarla a palos  por pisar su territorio,   pero se dieron cuenta que andaba  con la mirada perdida , preguntando dónde se podía denunciar  un robo , el robo  de lo único  que  le quedaba. 

Sin bombacha

de Roxana  D’Auro

Yo tendría tres años, cuatro tal vez, y mi madre, en un agobiante verano porteño, decidió anotarme en una colonia de  vacaciones  de un jardín francés. Doble escolaridad, con almuerzo y una Pelopincho en el patio donde  los niños nos remojábamos en nuestros orines.
Recuerdo que el jardín era francés  porque mi madre, tratando de justificar su decisión,  después  de los acontecimientos, hablaba con las vecinas, siempre insistiendo: “era un jardín francés”, “el mejor del barrio”, “carísimo”.
De tanto escucharla siempre supe que era francés  y además lo supe desde el primer día  en el salón de música. Una vez al día  íbamos  a la sala de música  donde la “mademoiselle” sentada muy erguida en el taburete giratorio luciendo su nuca desnuda  con el cabello recogido  en un rodete  que nosotros observábamos desde atrás, sentados en las gradas de madera ,  golpeaba las teclas  de un piano desafinado  con largas uñas pintadas de rojo mientras nosotros cantábamos repitiendo sin sentido:
Dormez-vous  Dormez-vous
Sonnez les matines! Sonnez les matines!
Din, dan, don Din, dan, don.
Puedo hoy en día, cuarenta y cinco años después, todavía cantar esa canción, grabada a fuego en algún lugar de mi memoria.
A mi no me gustaba el jardín. Prefería estar en el balconcito de la pensión  que daba a Av. Castro Barros, sentando todas mis muñecas en el suelo para contarles cuentos.
A mi no me gustaba la comida. Ni las señoritas  que se hacían llamar “mademoiselles” y se hacían las lindas pero eran feas. Y malas.
Pero mamá parecía tan contenta  de que yo pudiera ir al jardín francés. Seguramente era importante y muy fino aprender a decir Dormez-vous  Dormez-vous.
Tampoco me gustaba el baño.
Estaba sucio, siempre sucio,  y por sobre todas las cosas, lo que no me gustaba  es que tenía una puerta  de esas con maderitas  que  parece que estás meando a la vista de todo el mundo, pero la verdad es que no, pero cuando sos chiquito no entendés lo de la inclinación  y  el ángulo de visión. Por eso  cerrás los ojos, para que los demás no te vean. La cuestión es que me las aguantaba, por sucio  y por las maderitas,  y un día me meé, me oriné encima, me mojé toda, me mojé la bombacha, íntegra.
La “mademoiselle” se enojó muchísimo conmigo  porque seguro que en Francia las nenas francesas no se hacían  pis encima, decía un montón de cosas en francés  pero ninguna   era ni parecida a Dormez-vous  Dormez-vous,  y me sacó la bombacha  adelante de todos mis compañeros  y me encerró en el baño, sin nada “abajo”, sólo con un vestidito. Estuve todo el día ahí adentro de ese baño donde decían que no me veían pero yo creía que sí , que me veían que estaba encerrada , porque yo los vi toda la tarde , a mis compañeros cuando se metían en la pileta y a las señoritas francesas esas  o que se hacían las francesas  cuando hablaban y se cruzaban de brazos  y hacían como que no me veían  y después   cuando  se fueron a tomar el té  y el patio quedó vacío  con una resolana  que me enceguecía adentro por las rendijas .
También vi cuando llegó mamá a buscarme. Me abrieron la puerta y fui corriendo y  cuando me hizo upa, sus manos regordetas y calientes  tocaron mi cola desnuda y helada.
“No tiene bombacha”, dijo  y comprendí más aún  la gravedad, la ofensa.
Estaba sin bombacha, era una verdad contundente. Parecía no importar haber estado encerrada allí toda la tarde, lo grave era la ausencia de ese minúsculo trozo de tela.

¿Qué era realmente estar sin bombacha? Había algo grosero en ese despojo, pero ¿cómo podía ser grosera la desnudez de una niña de cuatro años? ¿No era la mirada grosera del ojo adulto  la que vulneraba mi desnudez? Mis ojos estaban llenos de lágrimas  y tenía un ahogo en el medio del pecho. Caminamos rapidito por la calle con mamá y la brisa del verano pretendía develar mi nudismo. Yo sentía que en cualquier momento  ese viento Din, dan, don Din, dan, don  iba a levantar mi vestido  como cuando suenan las campanas Din, dan, don Din, dan, don  y todos los autos iban a frenar  y los peatones parar  y la gente en las tiendas dejar de comprar y hasta los perros se pararían en seco  y el mundo entero dejaría de girar  en ese instante en el cual  todos me verían en la calle y sin bombacha .

Margarita y los varones de estaño

de Roxana  D’Auro

La tradición  andina  indica que en un canastillo trenzado,  y envueltas  en vellones de lanas de colores,  se acomodan las figuritas de estaño.
Una tortuga para la longevidad.
Un búho para la sabiduría.
Un ídolo para la espiritualidad.
Un sol para la abundancia.
Y una pareja copulando.

Margarita aprendió  eso, desde pequeña. Sabía que  era una buena manera de atraer lo que faltaba.
Y a ella,  le faltaba un hombre. Ni siquiera un amor,  no, un hombre, con olor a hombre, con piel dura de hombre, con la tosquedad  y el apuro.
Por eso,  en su canastillo, coleccionaba varones  de estaño, sólo varones;  no le interesaban ni la inteligencia, la sabiduría, ni siquiera las riquezas, ella sólo quería  eso: sexo, machos.
De alguna manera se sabía incompleta y encontraba que todo lo que en ella era pequeño, suave y redondo, en el hombre  era contundente,  abrupto, tenía una violenta presencia.
En su colección,  las figuritas no superaban el largo de su dedo meñique, pero en esa mínima representación, cada uno de esos varones ostentaba escandalosas vergas.
Algunas figuras eran solamente un falo, con  unas líneas que insinuaban un rostro .Esas eran las que más le gustaban, en todo lo demás los hombres son iguales a las mujeres: dos brazos,  dos piernas, lo que le importaba era el falo.
Tenía una  que le gustaba particularmente, un varón  recostado con el torso inclinado sobre su propio sexo,  abrazándolo, apenas  pudiendo por su diámetro exagerado,  sosteniéndolo como si fuera un cañón.

Todas las noches Margarita se masturba frenéticamente frente a  las figuritas , pidiéndole  a sus  ancestros , regando la tierra , envuelta en sudor , atormentada  por el deseo  de esa porción  de carne  que se agiganta y encoge.
Y se queda dormida,  así, todas las noches,  despatarrada.
Y despierta,   al día siguiente,  esperando que algo suceda.
Hay noches  en las que sueña. En algunos de sus sueños,  esos varones de estaño toman vida  y en las manos de Margarita, ansiosas, el metal frío se transforma en masa caliente.  
Margarita toca, palpa, huele, roza, anhela.


Y un día  a la mañana,  cuando despierta,   ve  que le ha crecido un pene entre las piernas. 

viernes, 16 de mayo de 2014

CRÓNICAS DE LA ESCUELA - PARTE 1

de Roxana D´Auro

Hoy entró un ladrón a la escuela.
No entró a robar. Entró para protegerse.
La escuela como un territorio neutral, como un Campo Santo.
La escuela como un espacio donde rigen reglas  ya extintas en otras partes.
Del respeto.
De la igualdad.
Todavía un bastión de la utopía.
La escuela como un zombie maltrecho  y despedazado con pedazos de carne carroñada  pero al cual  se le puede adivinar cierta belleza.
¿Es esto una crónica policial? ¿Un borrador  de  un ensayo filosófico? o… ¿un discernir catárquico de la memoria, de mi vida en la escuela?
Ocho de  la mañana. Combis naranjas. Besos.  Despedidas.  Viandas apuradas en los bolsillos a medio descoser.
Cerca, una plaza, una corrida, una riñonera arrebatada,  tirada al suelo, del suelo las piedras levantadas, los palos, las ramas.
Un hilo de sangre marca el camino, de la plaza  a la escuela.
El ladrón como un pac man  buscando el refugio secreto  donde los fantasmas  aunque estén mirando no lo encontrarán.
Fantasmitas azules  de bocas abiertas   gritando, blasfemando , a punto de devorarse, comerse al pac man , tragarlo, masticarlo, destrozarlo como una jauría salvaje.
Y  el ladrón pac man dijo: ¡Casa!  Como cuando jugaba a la mancha, como cuando jugaba en Sacoa. “Para engañar mejor a los fantasmas hay que girar a un lado y luego al contrario rápidamente” decían los instructivos, llegar a la base, estar a salvo, es tan fácil entrar en la escuela.   Siempre de puertas abiertas.
Adentro los niños, y el ladrón.
Afuera la jauría, la justicia.
Pienso en el ladrón, en qué parte de su memoria  quedó grabado como un sello, un ícono a fuego aquello de la escuela inclusiva, que protege, que contiene. Tal vez en un arrebato inconsciente  se refugió en lo que para su niñez, su infancia o inclusive su adolescencia  fue su refugio, su casa, más que su propia casa.

Si la seño de turno estaba ahí en la puerta con los brazos abiertos y la sonrisa de todos los tiempos. 

CRÓNICAS DE LA ESCUELA - PARTE 2

de Roxana  D’Auro

Cuando portamos sólo el cuerpo, cuando no somos dueños de otra cosa más que de nosotros mismos, ahí , el cuerpo es nuestra carta de presentación. Por la necesidad de  ser identificados, reconocidos.
El cuerpo como un mapa que nos describe, que permite marcar el camino de nuestro recorrido.
El cuerpo con huellas.
El recuerdo como un daguerrotipo sobre la carne.
¿Por qué no queda grabada sobre la piel la caricia, el abrazo? ¿Cómo es que no se ven modificados los labios por los besos? En cambio el golpe deja el moretón, el rasguño, la herida, la cicatriz, la llaga, la ampolla, la cáscara, la escara. Concentran las magulladuras  el llanto reprimido  y se pudren las lágrimas ahogadas adentro de un grito.

Hoy me presenté en una nueva escuela
Cuando hago esto sólo digo mi nombre y trato de pasar  lo más inadvertida posible  dentro de la cruel vulnerabilidad  a la que se enfrenta el profesor sólo frente al grupo que lo acecha  por debajo de las gorritas, por detrás de los celulares. Una banda de encapuchados que sospechan del adulto.  Y yo, pensando cómo invisibilizarme .
Uno de mis nuevos alumnos se acercó a presentarse. No dijo su nombre
Arrancó:
Mirá profe acá en la frente tengo un serruchazo . Mi viejo tiró el serrucho a la mierda y me lo dio.
Y acá en el ojo me clavé un fierro, ¿ves? ¿ves?
Me clavé otro acá en la planta del pie, andando descalzo con los guachos .
Y acá en la pierna  me quemé con el caño de escape de la moto, ando igual ahora, eh! ,ando igual.
En la cabeza si te fijás bien se ve la cicatriz ,  me pegó con un palo  el gato del Yoni, ¿te acordas vos Kevin?
Dicho esto se sentó.
Sentí que fue honesto conmigo, que en realidad ésas eran sus cartas de presentación.
No hizo nada en toda la clase y yo, debo confesar que me sentí…bastante…inútil.