Mostrando entradas con la etiqueta Microrelatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microrelatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de marzo de 2014

ESPEJITO ESPEJITO

de José Lombardo

Giró siete veces a la izquierda y así lo hizo el resto. Giró siete veces a la derecha y los otros lo imitaron. Miró arriba y abajo siete veces, encontrando siempre su mirada con la de los demás. Cada detalle, cada imperfección, cada dedo, cada pelo, cada gesto y cada mueca eran reproducidos con extrema precisión.
Se vio rodeado de sus vacías réplicas, que copiaban sus movimientos, su pestañeo y su respirar. Se acercó a uno de sus tantos otros yo y quiso hablar, pero solo abrió y cerró la boca. No podía expresarse, no podía opinar, no podía maldecir, no podía hacer una carcajada, no podía suspirar, no podía ser escuchado y no podía callar.

Qué lástima que los reflejos no tengan voz.

EL NOMBRE DE LA CALAVERA

de José Lombardo

El gran arqueólogo Franz Shawman desenterró otra pieza del sitio de excavación, que parecía ser otro cráneo más. Lo limpio con mucha cautela con su cepillo y comenzó a observarlo detenidamente a la luz del intenso sol del desierto. Notó la desconcertante forma que tenía, casi hasta familiar. Sintió el impulso de tocarlo y analizar toda la superficie del casco óseo, mientras con la otra mano recorría su propio rostro. La posición y tamaño, los pómulos, la frente eran totalmente idénticos él, incluso tenía el colmillo superior derecho ligeramente partido al igual que el suyo. Giró la aterradora calavera y notó una marca en la parte trasera de la misma. El arqueólogo palideció al ver el nombre Franz Shawman, tallado en el endemoniado cráneo.

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

de José Lombardo


En la devoradora penumbra de la cueva, el muchacho creyó ver una luz que crepitaba a lo lejos. Agudizó la vista y pudo apreciar a lo lejos una antigua lámpara de aceite. Pensando que le sería de utilidad para continuar su travesía decidió ir a tomarla, pero al acercarse descubrió que aquel fuerte resplandor amarillento no provenía de la lámpara, sino de quien la sostenía.

EL FILO DE TODOS LOS MESES

de José Lombardo

Siento el frío acero pasando cerca de mi oreja, pero me mantengo firme en mi posición. Las cuchillas afiladas como dientes vibrando sobre mi cuello me estremecen. La navaja pasa rasante y las tijeras muerden veloces, desafiando mi integridad. Un viento huracanado y caliente azota mis ojos, pero este no logra desconcentrarme. Finalizando la proeza, un polvo blanco como la nieve golpea mi rostro. Mi enemigo termina satisfecho con su labor y yo estoy agradecido de haber sobrevivido otra vez.

Salgo por la puerta que entré, sabiendo que en el mes próximo tendré que volver a cortarme el pelo.