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sábado, 28 de junio de 2014

VI MI NOMBRE

de Néstor Asprea

Néstor Asprea es platense y vive a unas pocas cuadras del Arroyo del Gato. En Abril de 2013 fue una de las tantas víctimas de la inundación. Pudo recomponerse gracias a la ayuda de familiares y amigos. Busca reconciliarse con el agua volviendo a navegar.

            Esta breve biografía fue escrita para el libro Agua en la cabeza, 30 relatos e ilustraciones acerca de la inundación de Abril de 2013 en La Plata. Cuando vi mi nombre en el libro una sensación de extrañeza me atravesó. Como si estuviera desdoblado, un yo acá y el mismo yo ahí.
            Me costó bastante escribir esa breve nota biográfica. Me resultó extraño a hablar de mi en tercera persona como el Gran Diego. Le huyo a todo lo que tenga que ver con lo autobiográfico de manera explícita. Me da vergüenza. Sin embargo, cuando escribo otras cosas, muchas veces estoy escribiendo de mi mismo o atravesado por mis experiencias vitales ¿y cómo puede ser de otra forma?
            ¿Qué decir sobre uno mismo?, supongo que depende del contexto.
Wing, Arquitecto, padre de tres hijas, cantante de la banda de rock Kabbor, ayudante de maestro pastelero, hijo y hermano, hincha pincha, fotocopiador, electricista, nadador, ciclista, vendedor de telekino, ayundante de agrimensor, nieto, tímido, Tula, cantante y compositor del trio Los Dromedarios, escritor, Daniel, desocupado, amigo de.., albañil, parco, encargado del sector de apuntes, borracho y loco, nueve de la octava de Estudiantes, plomero, motociclista, derrotado y vencedor, celebrante del 17 de octubre, docente, vendedor de baños frustrado, empadronador, amado, ateo, marinero, colaborador de una revista, dibujante.
La lista por supuesto, sigue. Incluso con lo que nunca fui.
Cosas que caben en una persona pero no en un curriculum.
           


Iris colectivo

de Facundo Martinez

Se supone que tenemos dos maneras de vivir, ver todo como una superposición de colores que se ausenta a la vez, o mirar las cosas con un color particular cada una de ellas.
 A mi, por lo general, estos puntos de vista me resultan aburridos, ver todo en blanco y negro me cansa y termino por ser un gris constante que solo se despierta para contar el tiempo que falta para acostarme de nuevo. Pero ver las cosas policromaticamente alcanza para agobiarme del mundo, pierdo la nitidez del paisaje y de repente todo es un lavarropas donde todo se tiñe de todo, y difícilmente algo se define como si nada.
 Para ser honesto, me harta bastante saber que nos acostumbramos a creer que solo existe esta visión binaria, donde Blanco y Negro valen Cero, o todos los colores deben ser Uno. Por si no se dieron cuenta, podemos unificar todo eso. Por si no se dieron cuenta, si dibujas un Uno y lo guardas dentro de un Cero, vas a obtener un ojo, y ese es el modo correcto de ver las cosas. 
A veces alcanza con cerrar los parpados durante un instante para darse cuenta que no sirve de nada parpadear tanto si no entendés que después de tanto tiempo las pestañas de abajo siguen enamorando a las pestañas de arriba, que juntarlas genera un carnaval de estrellas en nuestra cabeza.

A veces solo depende de uno mismo que las cosas cambien, consiste en dejar que el frío empañe un poco nuestra ventana para poder dibujar un sol en ella, requiere de mirar al mundo en diferentes tonos de grises y empezar a otorgar a cada cosa un color, nunca al revés. 

lunes, 21 de abril de 2014

IDEA: tomar estas definiciones de “Fragmentos de un discurso amoroso” de R. Barthes, y escribir a continuación un monólogo o escena basado en esa idea.

de Mariela Anastasio

1) “Locuela: designa el flujo  de palabras a través del cual, el sujeto argumenta incansablemente en su cabeza los efectos de una herida o las consecuencias de una conducta: forma enfática del “discursear” amoroso.”

2) “¿Por qué?: Al mismo tiempo que se pregunta obsesivamente por qué no es amado, el sujeto amoroso vive en la creencia de que en realidad el objeto amado, lo ama, pero no se lo dice”

(En la Locuela, nada impide la repetición)


 1)                  LOCUELA

A ver… voy a pensar otra vez. ¿Qué es lo que le pudo haber molestado? La llamé. Ibamos a vernos, me dijo que sí, que nos íbamos a ver.  Me dijo: “te mando un mensaje”. Eso fue el jueves. El día que nos íbamos a ver era el sábado, y me dijo el jueves: “yo te mando un mensaje”. Bueno, ese día no lo hizo. Tampoco que nos íbamos a escribir el mismo jueves si ese día era que habíamos hablado. Está bien, eso es como pegajoso. Está bien, mejor no ahogar desde el principio. Por suerte el viernes tenía un montón de trabajo. Fui a la oficina, casi no me acordé de ella y tampoco tuve tiempo de andar revisando la casilla ni el celular. Cuando salí, al mediodía, miré el teléfono y nada. Nada más tenía un mensaje de Movistar. Más tarde escribió Manuel para invitarme el sábado a una exposición de fotografía en no sé qué salón cultural. Le dije que no podía, que me iba a encontrar con Verónica y él sólo respondió “¿Verónica?”  entre signos de pregunta y varios de admiración, que en ese momento no entendí qué podían significar. No le contesté. No aguanté y le escribí a Verónica. Tal vez haya sido ese el primer error. Si ella me dijo: “te mando un mensaje”,  era ella entonces la que tenía que abrir el diálogo. ¿Por qué le escribí yo primero? Fui impulsivo. En ese momento lo dudé, pero una vez más fuerte que yo me dijo: “¿Qué problema hay? Ya quedaron en verse. A las minas les gusta que vayas de frente”, y por eso me animé, me parece. Aunque inmediatamente después de apretar “Enviar”, ya me había arrepentido. Pasaron los minutos y Verónica no contestó. Me quedé con el celular en la mano, como un estúpido, mirando la nada. A la pantallita, y a la nada. La vista se me perdía en cualquier cosa idiota. Me sentí terrible.  Creo que estuve así por una hora. Decidí salir a correr y dejar el teléfono en la casa, así no tenía que mirarlo a cada rato. ¡Pero qué pelotudo me estaba volviendo! ¡Con los quilombos que tengo en mi vida y a mi edad, lo único que hacía era mortificarme por la no respuesta de un mensaje! Bueno… en realidad era más que eso. Era una oportunidad que esperaba desde hacía meses y que por algún motivo –todavía no entiendo cuál- se arruinó.
Correr me alivió. Le di varias vueltas al parque. Para las 7 ya estaba muy cansado y otra vez en casa. Cuando llegué dejé las llaves al lado del teléfono. Para controlar mi ansiedad, decidí no mirarlo y hacerlo recién después de la ducha. Seguro ya estaba allí la respuesta y como otras veces era probable que fuera a odiarme más tarde por haberme perdido en un estado de ánimo fastidioso y femenino. Reflexioné algo sobre eso, y anoté algunas frases en un cuaderno, para llevar después el martes a terapia. Entonces sí agarré el teléfono: nada. En un acto incomprensible lo revoleé contra la pared. Ok, esto ya se estaba poniendo espeso y mi angustia sólo podía hablarme de lo enganchado que ya estaba con ella. Como un idiota, como si fuera el novio al que hay que darle explicaciones, le volví a escribir, esta vez un mensaje un poco desubicado y ahí sí la cagué del todo. Tampoco lo contestó y entonces me fui a acostar temprano, y patético me quedé mirando tenis hasta no sé qué hora de la madrugada.
Me desperté a las 9 con un sonido imperceptible que anunciaba la llegada de un mensaje. Corrí hasta el comedor, el teléfono todavía había quedado en el suelo pero por suerte no se había roto. Un mensaje fatal de Verónica me decía que “no iba a poder”.
¿Qué había pasado entre el jueves y el sábado? ¿Qué había pasado que me dijo que sí, y después fue no? Y no, y no, no, no.
¿Qué pasó?                               



      Locuela

Estoy enfermo. Este infierno que es mi cabeza
Estoy enfermo.
Ella está en este mundo para hacerme mal. Yo me hago mal el mundo ella
Ella y sus ojos ahora muertos ahora vacíos para mí
Su mirada gélida
Monstruosidad
En el orden de lo insoportable.
En el orden de lo siniestro.
En la más absoluta oscuridad.
Absurdidad esta de vivir en este mundo sin ella si no está ella SI NO ESTÁ
O con ella en este mundo fuera de mi mundo
¿Cómo puede ella ser en el mundo si no habita el mío?
Solo, solo, soledad.
Solo. Conmigo. Ahogándome en un mar de pensamientos sombríos que me acosan
me desnudan me torturan me socavan
ya no soy yo
ya no tengo control sobre mí
sobre mi corazón

                               la pena me habita

adonde antes había amor, ahora hay todo pena
yo despechado
despedazado
desplazado
ella en este mundo sin mí, sobreviviendo
sin mí
y a pesar mío
y yo
y yo
yo enfermo, pobrecito
tengo fiebre
en mi cine sólo una película
sólo una escena, una imagen que vuelve repetida
y cada vez más violenta:
Ella con él.
Ella con él.
Ella sin mí.
Yo sin ella en esa escena
Yo sin ella en las cenas,
en las noches, las mañanas.
Yo espectador
sufriente en mi butaca
me deshago
me desarmo
me enveneno mirando lo que no tengo que mirar
lo que no tengo que mirar, a vos, a ella
Voyeur. No te han invitado.
Voyeur.
Yo afuera.
Afuera de su vida.
Expulsado.
Para siempre de la escena expulsado
de su corazón.
Y en el mío, tanta pena.
Qué rabia.
Perdedor.
He perdido.
La he perdido.
Y a mí.
¿Quién me salva? ¿Quién me rescata?
La he perdido.
Estoy fuera.

Aniquilado.

3) “¡Qué azul era el cielo!: La figura remite al tiempo feliz que siguió  inmediatamente al primer rapto, antes que nacieran las dificultades de la relación amorosa ”


¡Qué azul era el cielo, y ahora se puso tan negro! Tan tormentoso, tan tempestivo.

O son mis ojos.

Si camino por la calle, y el cielo es azul, y el sol sale: yo no puedo más que entristecerme. No es para mí, me digo. Ese sol no me acaricia. Es para los enamorados. Es para los que hechizados en esa magia perversa, ven todo distorsionado. Los árboles les parecen bellos, hasta las veredas, la lluvia, los perros.
A mí me parecen: árboles, veredas, perros.

El cielo era azul antes cuando su brazo rodeaba mi cintura, cuando lo sabía parte de este mundo, cuando nos cobijaba el mismo universo.
¡Y las estrellas! ¡Qué bellas me parecían entonces las noches! ¡Las de luna clara, o las oscuras! ¡Las de verano, las del invierno!
Ahora todas las noches son iguales. Le siguen al día, aparecen cuando se acuesta el sol. Traen malos sueños o pesadillas. A veces, recuerdos y siempre melancolía. Dos lunas me acechan. El fin del mundo, cuando aparece la melancolía…

¿Cuánto dura el amor?

Sólo un rato, unos días. Es idílico. Lo transforma todo. Nos vuelve estúpidos. Nos envenena, nos inyecta del más cruel veneno y nos deja débiles.
Al principio, siempre nos muestra su parte buena. Los efectos duran poco. Pronto nos damos cuenta del engaño. Una luz blanca muestra el verdadero rostro, y aparecen las imperfecciones, las grietas. No nos sirven los anteojos, nada lo atempera. Se vuelve hostil y nos lastima, nos hiere grave, nos aliena.
Cito a Becquet… -¡oh, cómo no citarlo!- “El amor es un rayo de luna”… y un verso más: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido! Ah… esto da asco. Lo obsceno del amor. Las palabras borrachas. ¡Cómo cae uno en el abismo más negro, y se pone bobo, y blasfema! No puede más que ponerse en ridículo, lastimoso payaso. Lo sabemos, pero aún no hay escapatoria: nos ponemos el traje patético, y sin querer se nos escapa de la boca, la palabra “amor”. Estamos sonados, qué vergüenza.
¿Para qué negarlo? El amor nos expone. Abro mi corazón y lo arrojo a las ratas. Coman de las sobras, devoren las ruinas. Me he vaciado.
Si me han herido… rengueo, soy un estropajo. Vean el fenómeno. Yo tenía otra cara, era distinta. La pena me ha modelado.

Apenas si me atrevo a reconocer qué feliz fui aquellos míseros días. ¡Cómo borrar de la memoria alucinación tan poderosa! En el delgado fuego que queda, se calcinan aquellos breves recuerdos… ¿cuántas horas fueron? ¿Cien? ¿veinte? Bastaron para hacer esta nada de mí.

¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido! Que la vida se vuelve absurda. Un repetir idealizando aquello que apenas fue.
¡Era tan azul el cielo y ahora es tan negro! Que sumida en la noche, no puedo más que extrañarlo,
que desear que claree,
que anhelar que se borre,
que sanar las heridas para curarme
y volver, otra vez,
a caer en la trampa.